Vive en mí,
desde siempre,
que yo recuerde,
una tristeza que amenaza ser infinita
y una manera negra
de ver las cosas.
Cuando el día es blanco,
esa negrura,
lo vuelve gris en mis pálidas palmas
y una suerte de grito callado
rompe el Sol
en mil pedazos,
y cuando camino,
mis pies, sin rumbo,
me llevan siempre a fosos
o a callejones sin salida.
Y es entonces
cuando salido, no sé de dónde,
y como premio, no sé por qué,
irrumpes en mi vida
como un campo de flores brotando en mi sofá,
como una madre que abraza
o como el ronroneo de un gato,
y te miro desde el umbral,
entro en casa, que es mi vida ahora,
la tristeza resbala por mis costados
y marchita y muere
en el momento que tu mano y la mía
se besan
una vez más.
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