préstame un reloj, que esté roto, que no funcione. Tú que eres más alto, cuélgalo en la pared y veamos cómo no pasa el tiempo, cómo las horas no se nos desgranan, cómo los días de patas cortas se hacen eternos. Préstame un reloj que se haya parado como se para el corazón al verte y que nos regale un tiempo inconmensurable donde tenernos y mirarnos sin prisas, como si fuera para siempre. Préstame un reloj que nos presida y se haga ley, que nos vea hacernos carne y luego agua, que nos vea mordernos con hambre y lamernos con gula. Un reloj que sea el Dios de todas las cosas que tenemos y la única medida a conocer, henchido con un minutero corrupto y un segundero tan abandonado como yo a tu piel.
Un reloj jubilado, cansado, muerto, que haya dejado de ser para dejarnos ser a nosotros, durante un momento, durante horas, durante días, lo más sempiternos que podamos.
miércoles, 19 de julio de 2017
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Desconfianza
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